Quién Es El Representante De La Escuela De Los Annales?

Quién Es El Representante De La Escuela De Los Annales

La Escuela de los Annales es una corriente historiográfica fundada por Lucien Febvre y Marc Bloch en 1929, que ha dominado prácticamente toda la historiografía francesa del siglo XX y ha tenido una enorme difusión en el mundo occidental. Lleva su nombre por la revista francesa Annales d’histoire économique et sociale, en donde se publicaron por primera vez sus planteamientos.

La «Corriente de los Annales» desarrolla una historia que no se interesa por el acontecimiento político y el individuo como protagonista típicos del trabajo de la Historiografía contemporánea, sino por los procesos, las estructuras sociales y, después, por una amplia gama de temas cuyo acercamiento con las herramientas metodológicas de las Ciencias sociales le permitió estudiar.

El historiador en esta corriente se adhiere a un modo de escribir la historia desde el planteamiento de problemas que resolver o preguntas que contestar, ​ postura heredada de las ciencias naturales exactas y, en segundo término, de las sociales..

¿Cuál fue el aporte de la Escuela de los Annales?

¿Qué es la Escuela de los Annales? – La Escuela de los Annales es una manera diferente de estudiar la historia y un movimiento historiográfico surgido en el siglo XX. Esta escuela toma en consideración eventos antropológicos, sociológicos, económicos, geográficos y psicológicos al momento de estudiar la historia.

Tradicionalmente, se utilizaban solo los eventos políticos y la caída de figuras importantes para determinar el fin de ciertas eras históricas, como la muerte de Napoleón o la caída de Julio César. La Escuela de los Annales busca explicar épocas más extensas de la historia de la humanidad, no limitadas solamente por líderes.

Inició en Francia en 1929 como una revista de historia, y se ha convertido en una referencia historiográfica no solo para el país galo, sino para muchos historiadores de todo el mundo. Esta escuela trata principalmente con el período histórico previo a la Revolución francesa, pero no está limitada exclusivamente a este.

¿Cómo surge la Escuela de los Annales?

Lunes 11 de abril 2016 6:45 hrs. –> Durante la Edad media la historiografía estaba vinculada al poder político, la monarquía, la iglesia y a las clases sociales como la nobleza y la burguesía. Además a un proceso de sentimiento nacionalista. A fines del siglo XVIII la historia comienza a tomar importancia en el ámbito de las ciencias humanas y sociales. En el siglo XIX la historiografía incorpora aportes de profesores de historia y se caracterizaba por personalizar la historia en sus personajes, priorizaba la conversación académica, defendía la historia como ciencia, basada en el análisis y la crítica, utilizaba documentación, pretendía ser objetiva, dando origen a la historia económica y social que analiza aspectos de la vida como la pobreza, las diferencias sociales y la salud.

En 1929 después de la primera Guerra Mundial, en Europa surge un pequeño grupo de historiadores radicales, a cuya cabeza estaban Marc Bloch y Lucien Febvre. Ellos fundaron en Estrasburgo la revista Annales d’Histoire Economique et Sociale, la cual da origen a la corriente historiográfica llamada de Los Annales.

Prosperó durante los años 30 en Europa una numerosa diversidad cultural. Surgieron pensadores, escritores y artistas de distintas tendencias: fascistas, nihilistas, existencialistas, socialistas, etc. En este marco esta corriente planteó una nueva forma de escribir la historia, dando un nuevo significado al trabajo del historiador y al estudio de los acontecimientos.

  1. Le dieron un carácter más analítico, interpretan y comparan hechos e ideas de distintos momentos y procesos históricos, amplían los temas de estudio, complementan el conocimiento de la historia con otras ciencias como la geografía, la antropología, la economía, el derecho, la literatura, la sociología o la psicología;

Marc Bloch, dice “la historia me entretiene y hay que interpretarla y los responsables de trasmitirla son los abuelos”, dando mucha importancia a las tradiciones. Este pensamiento sustenta la idea que la historia se construye a través de la propia historia.

Ha pasado casi un siglo desde que la corriente de “Los Annales” nos plantea una manera de ver la historia no sólo como un conjunto de acontecimientos y fechas. Como dice Bloch, los historiadores pueden ser los abuelos, contando sus propias vivencias y relatar con palabras simples los acontecimientos que vivieron.

Sean estas experiencias laborales, políticas, sociales, incluso comentar sobre música y aspectos de la moda. Los temas para abordar son infinitos cualquier edad tenga su interlocutor. Está en la capacidad de imaginación y de creatividad hacerle más o menos entretenido el relato.

Los abuelos cuentan hoy con medios que antes no se tenían como fotos, internet, libros y un mayor conocimiento de los hechos. En las escuelas el conocimiento de la historia aún se hace de manera memorística, lo cual no motiva y resulta aburrida.

En cambio el aprendizaje de la historia debe entregarse de manera más comprensiva, que el niño o el joven entienda cuales fueron las decisiones del pasado, su problemática y sus procesos. Conversar con los nietos, llevarlos a reflexionar sobre su propia historia y la de su familia, les permitirá ubicarse en el ayer, el hoy y en el mañana.

En el siglo XXI, quizás, hoy más que nunca, en un mundo globalizado, sin lugares ni sitios por conocer se hace más necesario el conocimiento y el reconocimiento del hoy y del ayer. Los abuelos pueden darse el tiempo de trasmitir a los nietos cultura, conversar sobre diversas realidades económicas, de aspectos psicosociales, de movimientos migratorios, interiorizarse de los acontecimientos políticos del país y del mundo, de cuestiones relacionadas a las zonas urbanas y rurales, o sobre sus propias tradiciones familiares y su propia historia personal, etc.

Las nuevas generaciones deben conocer la historia, priorizando los acontecimiento más que personalizando a los personajes, ser capaces de entender sobre los grandes grupos sociales y sus movimientos. Los abuelos deben utilizar estrategias que sean creativas y eficaces, de manera sistemática, para que el nieto logre ser reflexivo y facilitar así el aprendizaje de la historia para que pueda interpretarla.

¿Qué relación tuvo Febvre con la Escuela de los Annales?

Lucien Febvre – Breve reseña biográfica. Lucien Febvre (1878-1956) fue uno de los fundadores de la escuela de los Annales, junto a Marc Bloch. Nació en Nancy (Lorena, al noreste de Francia) en el seno de una familia procedente del Franco-Condado, lo que le hizo sentir a lo largo de su vida un especial afecto por esta región, cuya historia y cultura estudió.

Su padre, psicólogo de profesión, le inició en el estudio de los textos antiguos y de los idiomas, lo que influyó decisivamente en su forma de pensar. Realizó sus primeros estudios en el Liceo de Nancy y posteriormente marchó a París, a cursar Geografía e Historia en la Escuela Normal Superior, donde recibió la influencia del geógrafo Vidal de la Blache.

Tras licenciarse en 1902 comenzó a trabajar como profesor de Historia en el Liceo Louis Le Grand de París, al tiempo que trabajaba en su tesis. Se doctoró en 1911 tras defender la tesis titulada Felipe II y el Franco-Condado. En esta época conoció a Henri Berr, quien ejerció una gran influencia sobre su vida profesional.

  • Participó con él en reuniones culturales;
  • Escribió varios artículos para la Revista de Síntesis histórica, el trabajo El Franco Condado para la colección Las regiones de Francia y las obras Al margen de la historia universal en dos volúmenes y La Tierra y la evolución de la Humanidad , que aparecieron publicadas en La Evolución de la Humanidad;

Tras el inicio de la Primera Guerra Mundial, en 1914 tuvo que dejar su plaza docente para enrolarse en el ejército, en el que sirvió durante los cuatro años de la contienda. En 1919 consiguió una plaza de profesor en la Universidad de Estrasburgo y fue distanciándose progresivamente de su maestro Berr.

En Estrasburgo compartió las labores docentes con un grupo de historiadores entre los que se hallaba Marc Bloch, quien a partir de este momento sería su colaborador y amigo. En 1929 Bloch y Febvre fundaron la Revista Annales d’histoire économique et sociale.

Febvre publicó en ella innumerables artículos, reseñas y notas críticas. En 1933 consiguió una cátedra en el Colegio de Francia , lo que le permitió centrarse más en la investigación. Su labor editorial se vio frenada por la Segunda Guerra Mundial. Durante el enfrentamiento militar murió Bloch, quedando Febvre solo al frente de la revista.

A partir de 1945, hasta su muerte en 1956, siguió escribiendo para Annales, dirigió durante un tiempo la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales y realizó distintos trabajos de investigación colectivos e interdisciplinarios.

En la actualidad, su obra, junto con la de Marc Bloch, ha sido revalorizada, especialmente por los historiadores de la cuarta generación de los Annales. Obras principales. Febvre se especializó en estudios sobre la Edad Moderna, especialmente sobre el siglo XVI.

  • Un destino, Martín Lutero.
  • El problema de la incredulidad en el siglo XVI. La religión de Rabelais.
  • El Heptaméron. Amor sacro, amor profano.
  • Erasmo, la Contrarreforma y el espíritu modeno.

Concepción de la historia. Los principales aspectos de la concepción de la historia de Febvre son los siguientes:

  • Amplía el ámbito de estudio de la historia al ser humano (no solo a los grandes hombres, sino también a todos los demás, a los individuos, a los grupos y a las colectividades).
  • En sus escritos históricos efectúa un estudio global del contexto social, económico, político, cultural y de las mentalidades de la época en que están inmersos los personajes que analiza. Esta línea se aprecia ya en su tesis doctoral Felipe II y el Franco-Condado y se confirma sus obras “biográficas”.
  • Justifica el carácter científico de la historia argumentando que es una de ciencia social global, porque incluye aspectos sociales, económicos, políticos y culturales, propios de otras ciencias sociales.
  • Valora el potencial pedagógico de la historia. Gracias a ella, pretende comprender el presente a través del pasado y el pasado a través del presente. No juzgar, ni describir, ni enumerar: reconstruir con imaginación para comprender el proceso histórico.
  • Cree que la historia debe tener una orientación utilitarista. El historiador debe estudiar el pasado en función de los problemas que preocupan a los hombres de su tiempo, para contribuir a su resolución. Por ejemplo, en su tesis doctoral parte de dos problemas contemporáneos: uno historiográfico, la interdependencia entre los diferentes aspectos de la historia (sociales, económicos o políticos); y otro social, la inseguridad socioeconómica derivada del auge del socialismo y la extensión del sindicalismo.

Método historiográfico. Febvre pretende renovar el oficio de historiador presentando un método historiográfico innovador:

  • Planteamiento inicial de hipótesis de trabajo, de problemas o interrogaciones basados en el presente, en preocupaciones de los hombres de su tiempo.
  • Localización de fuentes de todo tipo, no solo textuales.
  • Selección y ordenación de hechos a analizar.
  • Análisis en equipo, con la colaboración de profesionales de otras ciencias (como la geografía, la sociología y la economía), para encontrar soluciones a los problemas.
  • Reconstrucción subjetiva e imaginativa del proceso histórico.
  • Redacción orientada a la explicación de los hechos, más allá de la simple narración.

Críticas de Febvre.

  • Mostró una fuerte oposición a la escuela metódica, representada fundamentalmente por Charles-Victor Langlois y Charles Seignobos, dominante en Francia hasta los años 20 del siglo pasado. Critica rasgos como la importancia concedida al documento textual de raíz positivista, el recurso del determinismo del medio natural para la explicación de la evolución de las sociedades, la búsqueda de objetividad, la primacía de los hechos o la utilización política de la historia, aprovechando sus características pedagógicas y propagandísticas.
  • Critica a Spengler, argumentando que un historiador no puede ser imparcial si tiene simpatías filonazis.
  • Critica a Toynbee; pese a que el inglés coincide con sus planteamientos en cuando al favor por la imaginación, la ruptura con la tradición historiográfica anterior, la concatenación de fenómenos, el abandono de la erudición inútil o la búsqueda de la comprensión global de todo el proceso histórico, cree que Toynbee se excede en sus planteamientos.

¿Cuántas generaciones tiene la Escuela de los anales?

El trabajo se centrará en tres aspectos básicos que son el estudio de cada una de las tres generaciones que representaron la Escuela de Annales, haciendo un análisis de sus principales líderes y la aportación que cada uno de ellos hizo al campo historiográfico; la llegada de la influencia e ideas de la Escuela de.

¿Qué proponen los Annales?

La «Corriente de los Annales » desarrolla una historia que no se interesa por el acontecimiento político y el individuo como protagonista típicos del trabajo de la Historiografía contemporánea, sino por los procesos, las estructuras sociales y, después, por una amplia gama de temas cuyo acercamiento con las herramientas.

¿Cuáles son las características de la Escuela de los Annales?

Características: Busca la ampliación de los campos de la Historia incluyendo los de las demás disciplinas sociales  como:  la economía, sociología, la psicología, geografía, demografía, etc. • Estuvo fuertemente influenciada por el materialismo histórico de Marx y Engels.

• La nueva historia se dedica al análisis de estructura que al de acontecimientos. • Su fundamento filosófico es el relativismo cultural cuya idea es que la realidad está social o culturalmente construida.

• Es profundamente social. • Estudia   los grandes fenómenos colectivos de la historia, los procesos que afectan a las grandes masas y a los grupos sociales. • El uso de la Historia-problema. • Rechaza el énfasis predominante en la política, la diplomacia y los hechos bélicos de muchos de los historiadores del siglo XIX.

¿Cuál es el nombre del padre de la historia?

Heródoto, padre de la historia.

¿Qué cuestiona la revista Annales?

Una disciplina Científica se define generalmente como un conjunto estructurado de saberes que sigue sus propias normas teóricas y prácticas para permitir el intercambio de conocimientos y experiencias entre sus investigadores. Tales normas definen unos límites o fronteras más allá de los cuales se ejercen, de manera diferente, otras competencias.

  1. Este artículo indaga sobre estos limites en el caso de la historia, la sociologa, la geografía y la antropologa a partir de la lectura de la revista Annales;
  2. Asimismo, busca poner en evidencia una paradoja: por un lado, el proyecto de Annales invita a cuestionar la legitimidad del uso de la palabra “disciplina”, según la definición mencionada;

De cierta forma, la lectura de la revista permite relativizar la “engañosa familiaridad” que caracteriza nuestras relaciones con estas disciplinas. Si bien su existencia parece evidente (puesto que existen facultades que tienen sus nombres, estudiantes que las estudian, profesores que las enseñan e investigadores que les dedican su vida), un examen cuidadoso indica que estas ciencias sociales aparecen en realidad como un campo muy indeterminado, y que los argumentos que sirven como justificación a la división en disciplinas (cuando existen) son muy débiles.

  • Y por otro lado, el proyecto interdisciplinar que representa Annales no evita ciertas contradicciones;
  • A lo largo del texto se argumentará que al presentarse como un modo de relación entre prácticas científicas especializadas, la interdisciplinariedad constituye más un reconocimiento que un cuestionamiento de la existencia de las disciplinas como prácticas científicas independientes;

Este proyecto fue posible gracias a la digitalización integral de Annales en el portal Persee. fr 1. La lectura de la revista se complementó con la consulta de las obras de los principales representantes de Annales y de una parte de la amplia bibliografía consagrada a la revista.

El corpus está formado por tres tipos de artículos: l) los que abordan el problema de la interdisciplinariedad de manera explícita; 2) los relativos a un tema específico a través del cual plantean el problema de la interdisciplinariedad; y 3) las reseñas críticas o los “homenajes”.

Los primeros tienen la ventaja de abordar el problema de frente, pero hacen correr el riesgo de disociar la reflexión metodológica de las prácticas concretas de investigación (aunque las reflexiones epistemológicas en Annales   nunca se limitan a un enfoque puramente filosófico).

Los segundos permiten, al contrario, situar la reflexión metodológica en lo concreto, pero dejan a veces los problemas que nos interesan en un nivel implícito. Y los últimos tienen la ventaja de partir de una reflexión crítica sobre un trabajo concreto para proponer reflexiones epistemológicas más generales a propósito de las operaciones de investigación en las ciencias sociales.

Antes de desarrollar los argumentos centrales es importante detenerse en la naturaleza de las reflexiones presentadas. éstas surgen del encuentro de una reflexión general sobre la epistemología compartida de las ciencias sociales, con el examen de un corpus específico elaborado a partir de una lectura meticulosa de la revista Annales entre 1929 y 2001.

  1. En este sentido, el artículo persigue simultáneamente dos objetivos paralelos;
  2. Reflexiona de manera crítica sobre la revista Annales y propone una visión más general sobre la interdisciplinariedad (lo que implica, al final, un distanciamiento parcial con la revista);

Ahora bien, cada uno de estos objetivos implica dificultades específicas. El primero (que consiste en postular una continuidad y en formular una crítica al proyecto de Annales) podría llevar a pensar que se asume como una certeza la existencia de la llamada “escuela de los Annales”.

  • Ahora bien, como muchos autores lo han mostrado, esta escuela tenía precisamente por característica principal no serlo;
  • Detrás de un mismo nombre se encontraban realidades y prácticas muy heterogéneas 2;

Así, existían diferencias profundas entre las generaciones (la de los fundadores, la de Braudel, la del “giro crítico”) y dentro de cada una de ellas (empezando por Bloch y Febvre). Estos últimos eran muy conscientes de estas diferencias y las asuman plenamente, como lo demuestran las reseñas que hacían de sus publicaciones y en las cuales no escondían sus críticas 3.

  • Desde su origen, la revista expresaba su voluntad de no constituir un grupo cerrado (posiblemente para marcar su diferencia con la experiencia durkheimiana), reivindicando cierto grado de heterogeneidad, lo que implicaba incluso contradicciones;

Sin embargo, el reconocimiento de estas diferencias no significa que no se puedan resaltar ciertas continuidades sobre algunos puntos específicos (la continuidad material de la revista, su ubicación en la Maison des Sciences de l’Homme, las transmisiones entre maestros y alumnos, etc.

La segunda dificultad está vinculada al hecho de que si bien es cierto que gran parte de los materiales que se analizan en este artículo proceden de la revista, la crítica radical de las separaciones disciplinarias en las ciencias sociales nunca se formuló claramente allí.

Por lo tanto, podría parecer que se incurre en un uso descontextualizado de los materiales o en reunir argumentos producidos en circunstancias muy diferentes para demostrar una tesis ajena a ellos. Además, existe aquí también un riesgo de inventar una  coherencia imaginaria.

  • Sin embargo, estos argumentos pierden su fuerza si se reconoce que el artículo no pretende ser ni una historia intelectual en el sentido clásico (tratando de dar cuenta del desarrollo de las ideas y argumentos en una escuela de pensamiento) 4 , ni una historia social de las ideas (intentando relacionar estas mismas ideas con su contexto de producción o revelar las coulisses detrás de la revista) 5;

Uno de los aportes del texto consiste precisamente, a partir de un cuestionamiento propio, en agenciar y trabajar sobre argumentos escritos por autores vinculados a la revista, pero formulados, la mayor parte del tiempo, de manera aislada. En este sentido, se trata de proponer, a la vez con y contra Annales 6 , un argumento más general y original sobre la cuestión de las divisiones disciplinarias en las ciencias sociales.

  • Finalmente, una tercera dificultad tiene que ver con la articulación entre los dos puntos que se acaban de presentar;
  • ¿Por qué no haber escrito dos artículos separados para abordar cada punto de manera más detallada? Precisamente porque la articulación de los dos argumentos específicos da una coherencia al argumento general;

El hecho de apoyarse en Annales para denunciar el carácter arbitrario de distinciones habitualmente aceptadas como evidentes, antes de señalar una contradicción no resuelta en la revista, permite destacar con mayor fuerza la paradoja que constituye el punto de partida de este artículo.

  • Se trata de reconocer, por una parte, la contribución central de los inspiradores de la revista para hacer de la historia una ciencia social, y por otra, destacar la dificultad para cuestionar las divisiones institucionalizadas;

Incluso en una revista que propuso a la vez los argumentos intelectuales y la retórica para superar las viejas separaciones, nunca se dio el paso definitivo. En este sentido, espero que este texto no sea leído como una traición, sino como un acto de fidelidad con Annales 7 , sin confundirlo con la repetición (o el suivisme) o con la devoción.

  • Para el propósito de este artículo, el argumento general es el siguiente;
  • Si bien es cierto que los principales representantes de la escuela de los Annales defendieron y practicaron concepciones distintas de las ciencias sociales y del oficio de historiador (de la microhistoria a la historia serial, del estructuralismo al pragmatismo, etc;

), podemos resaltar una tensión permanente a lo largo de los ochenta años de existencia de la revista. Por un lado, Annales siempre ha defendido una apertura de las ciencias sociales (aunque desde concepciones distintas) y, por el otro, ha reivindicado la voluntad de conservar la historia como una disciplina autónoma, sin que haya tampoco un acuerdo sobre la definición de la misma.

  1. LÍNEAS DIVISORIAS EN LAS CIENCIAS SOCIALES El primer objetivo del artículo consiste en presentar las fuertes críticas que se han dado desde Annales a las divisiones entre las distintas disciplinas sociales;
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¿Existe una “contribución particular” o una “vocación distinta” del conocimiento histórico, sociológico, antropológico o geográfico? 8 ¿Existen criterios epistemológicos que permitan justificar la existencia separada de estas disciplinas? Todo parece indicar que no.

EL PASADO Un primer criterio, generalmente utilizado para distinguir la historia de las otras ciencias sociales, se refiere a la distinción entre pasado y presente. La esencia de la historia estaría ligada al pasado, mientras que la sociología y la antropología limitarían su análisis a hechos estrictamente contemporáneos.

Sin embargo, muchos autores, en particular vinculados a la escuela de Annales, han mostrado que esta distinción no podría justificar la existencia de disciplinas diferentes, destacando la compenetración que existe entre la historia y el tiempo presente.

  1. La primera idea central es que el investigador escribe siempre desde su presente, independientemente de la distancia temporal respecto a su objeto de investigación;
  2. Esto quiere decir que la interrogación sobre el presente y el conocimiento del mundo contemporáneo son indispensables para la interpretación de las realidades pasadas;

Los consejos paradójicos de Lucien Febvre a sus estudiantes —que nunca fueron cuestionados por sus sucesores— ilustran perfectamente esta idea: “Para hacer historia hay que volver resueltamente la espalda al pasado: primero vivir. Mezclarse con la vida” 9.

  • De manera reciproca, aquellos que llamamos hoy sociólogos o antropólogos difícilmente pueden dejar de lado la dimensión histórica de sus objetos de investigación;
  • Un investigador que se limite a lo que Braudel llamaba “el tramo tan fino del tiempo actual” 10 , tendría una comprensión muy pobre del mundo social;

¿Cómo estudiar problemas sociales sin interesarse por los procesos que los generaron? ¿Cómo describir nuestros objetos de estudio sin ponerlos en contexto, es decir, sin reflexionar sobre las condiciones históricas que explican su evolución y sus formas actuales? En este sentido, Annales hizo una contribución importante: invitar los autores de todas las disciplinas sociales a (re)descubrir la historicidad de sus objetos de estudio y combatir los enfoques puramente actualistas.

Contra la idea según la cual el presente tendría una especie de privilegio de autointeligibilidad, se trataba de mostrar que los elementos de contexto no constituyen una simple “decoración”, sino aportes indispensables para la comprensión incluso de los problemas más contemporáneos.

Ahora bien, es importante resaltar que Annales no fue ni el primero el único en poner en relieve este doble argumento contra la tentación de atrincherarse o en el pasado o en el presente. La idea según la cual “lo muerto toma lo vivo” —en el sentido en que las personas y fenómenos actuales están constituidos por una “historia incorporada, pero olvidada y hecha naturaleza”— había sido claramente expuesta por lo menos desde Durkheim, y tuvo un papel central en las investigaciones de autores como Elías o Bourdieu 11.

  • Del mismo modo, Benedetto Croce había ya formulado en 1914 que “toda historia es contemporánea”;
  • Es innegable, sin embargo, que a lo largo de sus ochenta años, Annales ha sido un agente activo en subrayar los vínculos íntimos que unen el pasado y el presente y en procurar, para retomar una expresión de Marc Bloch, “unir el estudio de los muertos con el de los vivos” 12;

EL TIEMPO Si la oposición pasado/presente es relativamente fácil de descartar para justificar la singularidad de la historia como disciplina, otra concepción “más sofisticada” hace hincapié en la exploración de los mecanismos temporales. Más allá de la oposición entre pasado y presente, la historia sería así la “ciencia del tiempo”.

  1. Probablemente fue Fernand Braudel quien más insistió en la necesidad de agenciar temporalidades diversas, definiendo la historia como “este múltiple empuje, este incesante peso del tiempo, este incesante paso de las realidades sociales” 13;

Pero esta insistencia no justificaba tampoco un monopolio de la historia, como disciplina, sobre la dimensión temporal de las realidades. Como lo mostró bien el  propio Braudel, la duración se impone en realidad a todos los fenómenos sociales y, por consiguiente, la reflexión sobre la pluralidad del tiempo podría incluirse en todas las investigaciones que pretenden dar cuenta de hechos inscritos en un contexto social singular, pasado o actual 14.

  1. De alguna manera, como lo reconocía el antropólogo Marc Augé en Annales, un orden empírico es necesariamente, al mismo tiempo, un orden diacrónico 15;
  2. Esto quiere decir que el investigador siempre tiene la opción de ubicar sus objetos de investigación en múltiples contextos que se superponen los unos a los otros (siguiendo, por ejemplo, la famosa distinción tripartita propuesta por Braudel entre larga, media y corta duraciones 16 );

En este sentido, la insistencia sobre la pluralidad de los tiempos sociales como posibilidad de experimentación no fue solamente una contribución para los historiadores, sino para el conjunto de los científicos sociales 17. Si bien muchos investigadores sociales (en particular los que no recibieron una formación de historiador) no han incorporado estas reflexiones en sus trabajos, no es porque sus objetos podrían “escapar” a la duración social, sino porque estas cuestiones no hacen parte de su habitus disciplinar.

Precisamente por esta razón sería absurdo considerar la reflexión sobre los tiempos múltiples y contradictorios de la vida humana como un criterio legítimo para separar la historia de las otras disciplinas sociales.

FORMAS DE TEMPORALIDADES Un tercer criterio utilizado habitualmente para justificar la división de las ciencias sociales remite a las diferencias que habría en la “intuición del tiempo” de cada disciplina. En este sentido, una oposición clásica está basada en el criterio continuidad/discontinuidad.

La historia se presenta a veces como discontinuista, al centrarse en “acontecimientos” (lo dramático, lo tenso, lo explosivo, lo dinámico), en comparación con la sociología que sería continuista, debido a su interés por las “instituciones”, las “estructuras” o los “roles sociales” (es decir, lo que aparece como estable, preestablecido o estático).

Una oposición alternativa se centra sobre el binomio diacronía/sincronía. Mientras que los historiadores serían especialistas en el estudio del cambio y los procesos de transformación, los sociólogos procederían al contrario por “corte” en la actualidad más fugaz, reconstituyendo “fotografías sociológicas”.

Ahora bien, una breve mirada a la historia de Annales revela que si estas distinciones podían  tener sentido al final del siglo xix, se volvieron falsas y artificiales. Cabe resaltar, por ejemplo, que Bloch y Febvre han precisamente construido su concepción del trabajo histórico en contra de la historia événementielle, que insistía de manera casi exclusiva sobre los “acontecimientos” y los “cambios” 18.

Del mismo modo, los “analistas” de la generación de Braudel dieron, después de la Segunda Guerra Mundial, una dimensión central a los movimientos de larga duración y a lo que cambiaba lentamente, mientras lo “accidental” fue relegado al segundo plano 19.

  • Durante este mismo período y en un movimiento contrario, varios “sociólogos” empezaron a hacer hincapié en la importancia del cambio social o en las pequeñas interacciones a escala de los individuos 20;

Según esta lógica, la oposición debería invertirse: sería la historia la que acentuaría lo continuo y lo estable (a través del estudio de los hechos repetitivos y de las permanencias casi estructurales), mientras que la sociología haría énfasis en la discontinuidad.

Sin embargo, no parece pertinente determinar cuál de estas dos versiones es errónea (lo cual equivaldría a buscar la “esencia” de cada disciplina). El problema es más bien el esfuerzo mismo para definir/reducir la historia, la sociología o la antropología a partir de un tiempo o una duración propios.

De manera irónica, esta imposibilidad de encontrar la temporalidad específica de cada disciplina puede ilustrarse por los cambios que se dieron posteriormente en la revista: uno de los aportes importantes del “giro crítico” consistió precisamente en poner en cuestión las aproximaciones cuantitativas y de larga duración que habían caracterizado los Annales después de la Segunda Guerra Mundial 21.

  1. No se trataba de volver a la historiografía tradicional, pero sí de favorecer aproximaciones mucho más diversas (la microhistoria, la atención a las formas de la experiencia, etc;
  2. ) y de mostrar que las investigaciones sociales e históricas podían enriquecerse gracias a la articulación de miradas variadas (diacrónicas y sincrónicas, de larga o de corta duración, etc;

EL MÉTODO CRÍTICO Una cuarta manera de diferenciar las disciplinas sociales tiene que ver con el uso del llamado “método crítico”. En esta lógica, la especificidad de los historiadores y su autoridad legtima estarían ligadas a un método particular,  centrado en el uso crítico del documento.

Ahora bien, como se evidencia claramente a partir de la lectura de la revista, las normas de la crítica del testimonio pueden aplicarse al presente y al pasado y, por consiguiente, no deberían ser consideradas como un dominio reservado a la historia, sino como un bien común a todas las ciencias sociales.

Dos ejemplos, situados en momentos distintos de la historia de la revista, permiten ilustrar este punto. El primer ejemplo se basa en el libro de Marc Bloch La Extraña Derrota. En este texto, el autor demuestra de manera muy práctica cómo las reglas del método crítico (sobre las cuales había escrito en particular en su libro el Oficio de Historiador) se pueden aplicar a una investigación sobre situaciones contemporáneas (en este caso, su propia experiencia de soldado durante la Segunda Guerra Mundial).

  • La única diferencia radica en que la explicitación de las condiciones de producción de los textos se refiere, en un caso, a documentos producidos sin intervención del investigador (pero descubiertos y seleccionados por él), y en otro, producidos en una investigación en la cual el investigador estaba implicado personalmente 22;

Otro ejemplo más reciente, el sociólogo Robert Castel, en un libro cuyo objeto cruzaba varios siglos, se preguntaba sobre su grado de conformidad con las exigencias de la metodología histórica. En su reseña del libro publicada en Annales, el historiador Bernard Lepetit le respondía: “No estoy seguro de que las exigencias del método histórico sean especialmente específicas” 23.

LA AUSENCIA DE TEORÍA Otro argumento regularmente empleado para separar las ciencias sociales entre sí tiene que ver con el papel asignado a la teoría. En este escenario los historiadores se distanciarían del resto de las ciencias sociales por su supuesta “vocación empírica” 24.

Sin embargo, a lo largo sus ochenta años de existencia, Annales ha criticado esta oposición entre “empiristas” y “teoricistas”, vinculada a un estado anterior de las ciencias sociales (en el caso francés, al famoso debate de 1903). En este contexto, era posible diferenciar fácilmente una historiografía claramente “empirista” y una sociología de sobra “objetivista” e impersonal.

  • Como lo mostró Gérard Noiriel, los primeros sociólogos eran profesores sin experiencia ni práctica de investigación, mientras que los historiadores aprendían a criticar documentos y no a manejar conceptos 25;

Estas oposiciones fueron  revisadas a lo largo del siglo xx: los sueños de “gran teoría” y la ilusión empirista según la cual uno podría “describir sin conceptos” se esfumaron. Paradójicamente, estas dos posiciones opuestas aparecen hoy igualmente ingenuas y cientifistas.

De nuevo, Annales no fue la única en poner en cuestión esta oposición o en afirmar que los problemas de la relación entre la teoría y los materiales empíricos eran los mismos en estudios sobre el pasado o sobre el presente.

Sin embargo, me parece importante subrayar la continuidad con la que la revista, desde Febvre y Bloch hasta los últimos años, ha defendido la idea de que los historiadores recurren necesariamente a distintas formas de problematización y teorización cada vez que su trabajo va más allá del arte de comprobar las fechas o de la interpretación literal de los documentos 26.

  1. EL ESPACIO Una sexta línea divisoria está ligada a la consideración de las dimensiones espaciales en el estudio de las realidades humanas, lo cual diferenciaría la geografía de las otras ciencias sociales;

Aunque esta dimensión no pertenece formalmente al “campo disciplinar” de la revista, varios autores de Annales —desde Febvre hasta Lepetit, pasando por Braudel— se han apropiado de ella 27. Mostraron claramente que el “espacio” de los geógrafos no era en esencia distinto al del resto de los científicos sociales, de la misma manera que, como lo hemos visto, el “tiempo” de los historiadores no era específico de estos últimos.

Se trataba de defender la idea según la cual ningún investigador en ciencias sociales podía abstraerse completamente de la dimensión espacial en sus análisis (de la misma manera que para la dimensión temporal).

“Ningún grupo humano, ninguna sociedad humana sin apoyo territorial”, escribía Lucien Febvre 28. Eso no significaba que la cuestión del espacio debía aparecer como el eje central de toda investigación social. Era más bien una invitación para los investigadores a tener conciencia de la posibilidad de utilizar el espacio como una dimensión adicional que permite la observación razonada 29.

Era una invitación para incorporar el punto de vista espacial, los mapas y los planos como herramientas de objetivación útiles en todo tipo de proyectos de investigación social. LAS FUENTES O TÉCNICAS (LOS ARCHIVOS, LA ETNOGRAFÍA, LA ESTADÍSTICA) Un último criterio central para diferenciar las ciencias sociales se refiere a los materiales que los investigadores movilizan en sus análisis, así como a las metodologías que emplean para recolectarlos.

En esta  perspectiva, los historiadores tendrían el monopolio de una documentación de un tipo particular —los archivos— y su trabajo consistiría esencialmente en la recopilación y la explotación de los documentos del pasado. Por su parte, los antropólogos se caracterizarían por una técnica específica —la etnografía—, que corresponde al uso de entrevistas y observaciones en el marco de un trabajo de terreno de larga duración.

  • Finalmente, en una visión tradicional, las herramientas estadísticas y la construcción de variables cuantificadas pertenecerían a la sociología 30;
  • De nuevo, aunque de manera menos explícita, la lectura de Annales nos ayuda a tomar distancia crítica de esta definición de las disciplinas basada en sus fuentes y métodos (el antropólogo que da cuenta de una experiencia de terreno, el historiador exhibiendo sus documentos y el sociólogo que analiza estadísticas);

Una lectura atenta de la revista permite encontrar varios argumentos que defienden la idea de que estos distintos tipos de materiales representan, cada uno, una fuente posible entre otras, a disposición de todos los investigadores sociales. Por una parte, como ya se ha mencionado, varios textos han resaltado el carácter artificial de la oposición entre fuentes orales y escritas que se ha empleado para marcar una diferencia disciplinar.

Si de manera tradicional los historiadores han privilegiado, con cierto grado de fetichización, el documento escrito, ningún argumento lógico justifica esta situación 31. De manera recíproca, los antropólogos, que aparecían como especialistas de los “pueblos sin escritura” (y, por lo tanto, sin fuentes escritas) pensaban que los archivos no formaban parte de su universo.

Sin embargo, el problema no venía tanto de la ausencia de fuentes como de la ausencia de curiosidad de los investigadores. Numerosos documentos (en particular los archivos coloniales) fueron totalmente ignorados durante mucho tiempo, a pesar de su evidente pertinencia.

  • Se recordará, por ejemplo, que desde el primer número de la revista, Bloch y Febvre condenaban la falsa oposición entre las sociedades “pensadas como civilizadas” y las que “a falta de mejores palabras, tenemos que calificar de ‘primitivas’ o de exóticas” 32;

Por otra parte, es importante resaltar que la utilización de métodos cuantitativos no presenta ninguna diferencia de naturaleza cuando la investigación se refiere al presente o al pasado: en un caso como en otro, los investigadores deben enfrentar los mismos problemas, conceptos o preguntas 33.

De manera general, se puede sostener que de la lectura de Annales surge una lección — aunque nunca formulada de manera explícita— según la cual los investigadores en ciencias sociales no pueden avanzar si no aceptan que las fuentes se caracterizan por una elasticidad extraordinaria y casi ilimitada, y que no pueden ser éstas las que definen la problemática, sino al contrario: la problemática define y orienta la búsqueda de fuentes.

Igualmente, la lectura de Annales ayuda a entender que ninguno de los criterios presentados aquí permite establecer un fundamento consensual y satisfactorio para la división entre las disciplinas sociales. Permite reconocer que, como lo decía Paul Veyne, la división en “sectas” que caracteriza el espacio de las ciencias sociales es de origen extracientífico 34.

En la medida en que nada permite distinguir, en principio o en la práctica, lo que sería un territorio o un método consustancial a una de ellas, parece lógico que ni la sociología, ni la antropología, ni la historia ni la geografía deberían reconocerse como “disciplinas”, en el sentido previamente definido.

HISTORIA DE LOS ACERCAMIENTOS Y ALEJAMIENTOS ENTRE LAS DISCIPLINAS SOCIALES En esta segunda parte del artículo se hará énfasis en una paradoja fundamental que caracteriza el proyecto Annales. Es incuestionable que éste fue construido sobre una confrontación entre la historia y las ciencias sociales.

Al mismo tiempo, su contribución directa para una integración o incluso una reorganización disciplinaria en las ciencias sociales fue, de cierto modo, muy limitada. Para entender esta paradoja es indispensable interrogarse sobre dos grandes concepciones de la interdisciplinariedad que se aplicaron o se defendieron durante el siglo xx en Francia.

PRIMER MOVIMIENTO: LA UNIDAD POR SOMETIMIENTO Para este propósito, es necesario volver a émile Durkheim y sus discípulos, quienes propusieron el primer programa de integración de las ciencias sociales a finales del siglo xix 35. Aunque la sociología era muy minoritaria en este entonces, proponían una reorganización radical del campo de las ciencias sociales, en torno a un método que sería común a todas las disciplinas.

  • Para Durkheim, la oposición entre sociología e historia (la antropología tal como la conocemos hoy no existía) no tenía sentido y estas dos disciplinas debían fundirse en un mismo proyecto;
  • El primer número de L’Année sociologique, publicado en 1896, era muy claro en relación con este tema: “La Historia no puede ser una ciencia sino en la medida en que explica y no se puede explicar sino comparando [;

] Ahora bien en cuanto compara, la Historia se vuelve indistinta de la Sociología” 36. La fuerza científica de los argumentos de la escuela durkheimiana logró impresionar (para no decir convencer), pero su proyecto estaba llamado a fracasar por razones “diplomáticas”.

En efecto, su propuesta implicaba lo  que se podría llamar una unidad por sometimiento. Se trataba de afirmar la superioridad absoluta, el “reino” de una disciplina particular (la sociología), cuyo papel sería federar (o quizá más bien anexar) las otras (y en particular la historia).

El sueño de una ciencia social unificada era, en ese caso, inseparable de una estrategia de hegemonía. La polémica de 1903 entre Simiand y Seignobos es una buena ilustración de esta confrontación. Siguiendo a Durkheim, Simiand insistía claramente no solamente sobre la posibilidad, sino también sobre la necesidad de una convergencia entre las ciencias sociales.

Este interrogante se definía a partir de una unidad de método para producir objetos de estudio comparables a partir de normas homólogas. Sin embargo, la violencia de su argumentación en contra del empirismo de los historiadores tradicionales imposibilitaba esta convergencia en la práctica.

Para la gran mayoría de los historiadores contemporáneos de Simiand, se trataba más de una invitación al combate que de una solicitud de colaboración 37. En este contexto, era imposible hacerse aceptar por las otras disciplinas con un discurso que pretendía acabar con ellas.

SEGUNDO MOVIMIENTO: LA PRIMERA GENERACIóN DE ANNALES El segundo momento de acercamiento interdisciplinario en el seno de las ciencias sociales francesas se produjo alrededor de 1930. Esta vez, la reorganización de las ciencias sociales no se hacía a favor de la sociología, sino de la historia 38.

Dos historiadores, Marc Bloch y Lucien Febvre, fundaron en 1929 una revista, en un principio marginal y luego progresivamente reconocida, cuya característica principal consistió en defender la “apertura” del trabajo intelectual (le décloisonnement). Annales se definía desde el principio como “una revista que pretende no rodearse con murallas”.

Existía una continuidad fuerte con el período anterior. Febvre y Bloch reconocían que Durkheim había sido para ellos un maestro (indiscutiblemente, en la polémica de 1903 habían estado más de su lado y del de Simiand que del de Seignobos) y recordaban regularmente su deuda frente a la revista de Durkheim, lAnnée Sociologique, que fue, “entre 1900 y 1910, una de nuestras mejores maestras de pensamiento” 39.

Gran parte de los “combates” de Bloch y Febvre retomaban los objetivos de unificación de las ciencias sociales popularizados por Durkheim. Marc Bloch escribió en 1934: “El sociólogo, el historiador, soy de los que, entre estos dos nombres, no ven ningún abismo” 40.

  • Para él y para Febvre, no solamente la historia tenía que salir de su aislamiento disciplinario,  sino que además era importante defender la unidad del mundo social más allá de los distintos enfoques que lo tomaban como objeto;

Igualmente, la idea de una historia-problema, central en el proyecto de Febvre y Bloch, fue en gran medida una adaptación de la idea de “construcción del objeto” desarrollada por Durkheim 41. En cualquier caso, las contribuciones de la sociología durkheimiena son indispensables para entender las duras críticas que formuló Annales contra la historia tradicional: ignorante de las interrogaciones y métodos de las otras ciencias sociales y obsesionada por los “acontecimientos”.

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CONTRA SEIGNOBOS, PERO NO DEL TODO CON DURKHEIM. Al mismo tiempo sería un error considerar Annales solamente como una continuidad del proyecto durkheimiano. En efecto, si Bloch y Febvre compartían con Simiand el rechazo a los historiadores tradicionales, la gran diferencia es que los primeros tenían como objetivo principal ser reconocidos por la comunidad de los historiadores.

En este sentido, debían mantener cierta distancia con el proyecto de Durkheim, y esto en dos niveles. Primero, en un nivel propiamente intelectual, Bloch y Febvre criticaban lo que llamaban el “dogmatismo de Durkheim”, tal como aparecía en sus obras más teóricas 42.

Las investigaciones de Bloch y Febvre eran, en efecto, mucho más empíricas y más flexibles que las de Durkheim y sus alumnos (ellos insistían mucho más, por ejemplo, en la necesidad de una lógica de exposición impecable o de una definición estricta del objeto y centraban su reflexión sobre el trabajo teórico y la exigencia de un carácter científico en un sentido positivo) 43.

El segundo nivel, quizá más central aún, estaba vinculado con el rechazo de las “tentaciones anexionistas” de los sociólogos. La ambivalencia que caracterizaba la relación de Febvre y Bloch frente a la sociología durkheimiana se explica, en gran parte, por el hecho de que estaban seducidos por su proyecto intelectual, pero asustados por su imperialismo:

    “La posición de Durkheim nos parecía pretenciosa frente a las otras ciencias sociales, temeraria, dado el estado real y aún muy poco avanzado de las investigaciones sociológicas y, para ser claro, un poco imperialista. Y las palabras de uno de sus amigos, durante la discusión, nos parecían chocantes: ¿Por qué diablos estudian la historia?” 44.

2. UNA INTERDISCIPLINARIEDAD FLEXIBLE Y PARADÓJICA La diferencia de contexto explica por qué el tipo de interdisciplinariedad defendido por Annales difería en gran parte del proyecto de Durkheim. Sin duda, durante su carrera Marc Bloch y Lucien Febvre atacaron violentamente las compartimentaciones disciplinarias.

Pero a diferencia de Durkheim, nunca formularon claramente un proyecto unificador global. Su propuesta correspondía más bien a la voluntad de instaurar una especie de “mercado común”, facilitando las circulaciones entre las disciplinas, los intercambios conceptuales o factuales en el marco de proyectos específicos 45.

En este sentido, los fundadores de Annales no reprodujeron el error imperialista de Durkheim. Sin embargo, la situación no era totalmente satisfactoria, en particular porque su contribución directa para una integración o incluso una reorganización disciplinaria en las ciencias sociales fue muy limitada.

¿UNA PARADOJA INSUPERABLE? Esta paradoja era especialmente evidente en el trabajo de Lucien Febvre. Como lo hemos dicho, él se presentaba claramente como un apóstol de la cultura pluridisciplinar y pedía a sus colegas historiadores abrirse a las otras disciplinas.

Sin embargo, al mismo tiempo defendía con vehemencia la especificidad del trabajo del historiador, su territorio propio contra los ataques exteriores. Como lo destacó Gérard Noiriel, esta actitud tuvo consecuencias profundas en el espacio de las ciencias sociales, impidiendo un verdadero debate sobre las implicaciones de la interdisciplinariedad.

Esta ambigüedad continuó a lo largo de los años y, finalmente, los redactores de Annales, incluso en épocas ulteriores, parecen no haber renunciado nunca a la afirmación de las identidades disciplinarias y a la defensa de la autonomía conceptual e institucional de la historia.

Así pues, Fernand Braudel, alumno y sucesor de Lucien Febvre, explicaba que, a su modo de ver, la misión que había heredado era la de “conservar para la historia su papel y su significado” 46. Esta voluntad de reconciliar lo irreconciliable (y, en particular, de armonizar los argumentos científicos y las necesidades pragmáticas o estratégicas) aparecía a menudo en sus escritos.

Podía escribir por ejemplo que sociología y la historia constituían “una aventura única del espíritu”, pero al mismo tiempo, que permanecían “irreducibles la una a la otra” 47. De manera muy similar explicaba que los sociólogos no podían “escaparse del tiempo y de la duración”, y que “el tiempo de los sociólogos no puede ser el nuestro” 48.

Georges Gurvitch, el sociólogo con quien Braudel debatía regularmente en Annales a propósito de las relaciones entre sociología e historia, se enfrentaba a las mismas contradicciones. Afirmaba, por ejemplo, que si las dos disciplinas tenían “el mismo dominio, el de los fenómenos sociales totales y el de los hombres totales”, diferían sin embargo en sus métodos:

    “[. ] estos métodos conciernen a objetos diferentes, colocados en temporalidades diferentes” 49. Una expresión de François Furet ilustra perfectamente estas contradicciones. Para él, “si la historia [tenía] una especificidad con relación a las otras ciencias sociales, es precisamente no tener ninguna, y pretender explorar el tiempo en todas sus dimensiones” 50. ¿Qué podemos concluir de esta frase? ¿Existe o no una especificidad?

Incluso cuando surgió el tiempo de los cuestionamientos y de las dudas al final de los años ochenta, la contradicción siguió intacta. El famoso editorial de Annales en 1989, marcando el “giro crítico”, reafirmaba simultáneamente como prioridad la defensa del “oficio de historiador” y la del “diálogo con las ciencias sociales”. Una vez más, el razonamiento parece enredado: “En vez de pensar, como todo nos invita, la relación entre disciplinas en términos de homología o convergencia, es útil hoy hacer hincapié en su especificidad, o incluso en la irreductibilidad de las unas y otras” 51.

  • Roger Chartier, quien publicó un artículo en este número, señalaba tal contradicción, destacando que la preocupación por preservar la disciplina conducía, de una determinada manera, a un callejón sin salida;

Denunciaba en particular la hipocresía que implicaba hablar al mismo tiempo de una “crisis general de las ciencias sociales” y de una “vitalidad mantenida” de la historia como disciplina 52. A pesar de estas críticas, la tensión se mantuvo en los años posteriores.

El editorial de 1994,justificando supuestamente el cambio del subtítulo de la revista de “Economías, Sociedades, Civilizaciones” a “Historia, Ciencias Sociales”, insistía así en el “diálogo con el exterior”, es decir, con las disciplinas “que no construyen sus objetos o sus demostraciones como lo hace la historia”.

Sin embargo, en este caso también, los argumentos para justificar la singularidad de la historia frente a las otras ciencias sociales parecían bien escasos: “Consideración del tiempo, sentido de la diacronía, ambición de incluir los regímenes de historicidad en su diversidad” 53.

Bernard Lepetit, quien ocupaba entonces un papel central en la revista, insistía, como sus predecesores, en su “profundo compromiso a favor del oficio de historiador” y en su “voluntad de trazar un surco que le fuese propio” 54.

Esta idea de interdisciplinariedad difería muy poco de la de Lucien Febvre, “asociando una fuerte identidad disciplinaria, expresada por el conocimiento del oficio —él menciona en numerosas ocasiones  las ‘normas del arte’ (‘regles de l’art’) cuyo control designa al verdadero historiador— y la lectura asidua de los textos de las disciplinas vecinas” 55.

Finalmente, incluso un historiador como Gérard Noiriel, más marginal o más independiente en relación con el proyecto de Annales y que había señalado de manera muy lúcida las contradicciones de Lucien Febvre, tenía las mismas dificultades para salir de esta lógica.

Noiriel presentaba con insistencia, por ejemplo, su obra la Tyrannie du national como un “libro de historiador” 56. En su caso, parece que las justificaciones eran esencialmente pragmáticas. Probablemente para evitar la “suerte infeliz de los grandes apóstoles de la interdisciplinariedad como Henri Berr”, él explicaba que el historiador-sociólogo corría a menudo “el riesgo de no ser reconocido ni como un historiador de verdad ni como un sociólogo de verdad 57 “.

DOS DESAFÍOS La cuestión que surge al término de esta descripción es la siguiente: ¿se puede defender “el campo de las ciencias sociales” sin caer ni en la trampa del “imperialismo” (partir de una disciplina para federar las otras, como lo intentó sin gran éxito Durkheim) ni en la defensa implícita de las disciplinas (que caracteriza in fine la posición de Annales)? Antes de sugerir como conclusión una posibilidad alternativa, se hará hincapié en dos desafíos mayores.

TENER EN CUENTA LA REALIDAD INSTITUCIONAL, PERO SIN “REIFICARLA” O ACEPTARLA COMO NATURAL La primera dificultad está vinculada con la existencia de fuertes dificultades institucionales. Como lo explicaba Gérard Noiriel, si se quiere prever un nuevo debate entre las disciplinas sociales, no se puede basar la reflexión en su estado ideal (tal como lo podemos imaginar), sino más bien en su existencia en la “realidad ordinaria” 58.

  1. Los investigadores en ciencias sociales no pueden hacer tabula rasa del pasado y sería una equivocación pensar que el problema se sitúa solamente, o incluso principalmente, en el nivel de los argumentos;

Como se sabe, la primera regla de la historia social de las ideas es que no se puede comprender la innovación conceptual, los avances metodológicos o las reorganizaciones disciplinarias solamente a partir del análisis de los textos y de las argumentaciones.

Como se sugiere en el resumen sobre los acercamientos y alejamientos disciplinarios, no es posible entender las polémicas, las incomprensiones y los debates en las ciencias sociales francesas durante el siglo xx sin tener en cuenta las formas de institucionalización y organización social de las comunidades disciplinarias.

Sin embargo, parece una lástima renunciar al debate en nombre de este realismo sociológico. Por una parte, es obviamente imposible provocar un  cambio sin denunciar la anomalía que constituye la fragmentación disciplinaria de las ciencias sociales. Por otra parte, una serie de experiencias demuestran que ha sido posible, en ciertos casos, desarrollar espacios liberados de las herencias disciplinarias más arraigadas.

Sin duda, estas experiencias se produjeron por lo general en lugares situados en los márgenes de los grandes centros de la academia, pero no podemos desdeñarlos 59. Otros lugares podrían nacer, permitiendo crear, a través de una organización inteligente del trabajo colectivo, las condiciones de una verdadera confrontación, inmediata y empírica, entre las ciencias sociales 60.

CONTRA UN SISTEMA UNIFICADO DE COMPRENSIÓN Una segunda dificultad que se debe mencionar, pero que en realidad es quizá la principal, es el problema de la pretensión de formalizar un sistema completamente unificado de comprensión. El primer obstáculo al sueño de una práctica unificada de las ciencias sociales tiene que ver con la imposibilidad concreta de conocerlo todo: sería ilusorio pensar que los investigadores de mañana podrán dominar con agudeza un conjunto de competencias, conocimientos y técnicas que hoy se distribuyen entre un gran número de disciplinas.

Si la idea de un zócalo común de las ciencias sociales que todo el mundo debería conocer es fundamental en teoría, se sabe que en la práctica es imposible dominar enteramente numerosos conocimientos situados en la encrucijada de competencias múltiples.

El estudio del mundo social hace entrar al investigador en un pozo sin fondo, y su conocimiento implica necesariamente formas de especialización. Ahora bien, las fronteras disciplinarias actuales, a pesar de su arbitrariedad, tienen la ventaja de proponer formas prácticas de división del trabajo.

Es la idea que desarrolla Claude Lévi-Strauss en un texto donde destacaba la importancia de la historia, cuando sus textos podían dejar pensar que esta cuestión no le interesaba. El citado autor consideraba que no estar familiarizado con un sector de la investigación social no implicaba que se debiera negar su legitimidad, cuando afirmaba que “esta profesión de fe a favor de la historia podrá sorprender, ya que nos acusaron de ser cerrado a veces a la historia, de darle un paso desdeñable en nuestros trabajos.

Apenas la practicamos, pero deseamos reservarle sus derechos” 61. Es necesario además destacar la necesidad de una pluralidad de enfoques y métodos en las ciencias sociales contra una excesiva uniformización. Lejos de ser una debilidad, la existencia de paradigmas  distintos y a veces incompatibles o contradictorios constituye una riqueza.

En este contexto, sería peligroso pretender imponer una receta única que permitiera dar cuenta por sí sola de la complejidad del mundo social. De nuevo, el carácter infinito del mundo social obliga a los investigadores a escoger a la vez las teorías y metodologías que emplean y las distintas dimensiones del mundo social que quieren explorar: es perfectamente legítimo limitarse a una de ellas o incluso a un aspecto de una de ellas.

En este sentido, algunos enfoques insisten en la dimensión procesual o genética del mundo social, cuando para otros investigadores es solamente una dimensión particular entre otras. Del mismo modo, si las jerarquías sociales representan para algunos investigadores el problema donde “todo comienza y todo termina”, en otros casos es solamente una cuestión periférica o accesoria.

Todo eso es perfectamente legítimo y la investigación social tendrá siempre varias alternativas, en función de la metodología empleada, de la problemática concreta movilizada, del carácter de las fuentes, de las especificidades del tiempo o del lugar estudiado, etc.

Así, el cuestionamiento de las fronteras disciplinarias no quiere decir que todos los investigadores deberían hacer el mismo tipo de pesquisas. No podemos negar la existencia y la importancia, de las líneas divisorias entre las distintas aproximaciones.

  1. Se trata más bien de entender que las distancias y proximidades lógicas entre los investigadores de lo social no corresponden a las disciplinas tales como existen actualmente;
  2. El desafío central consiste entonces en proponer nuevas divisiones del trabajo, según criterios que tienen más sentido intelectual, de manera que se faciliten prácticas de investigación menos respetuosas de las fronteras adquiridas;

¿Dónde pueden/deben situarse las líneas de fractura? ¿Qué puede servir de guion entre los investigadores si no son las disciplinas actuales? CONCLUSIóN¿AMPLIACIÓN O ESTRECHAMIENTO DEL CAMPO DE INVESTIGACIÓN? ¿LA RIQUEZA O EL EMPOBRECIMIENTO DE LAS CIENCIAS SOCIALES? Nos encontramos ante una paradoja: si las disciplinas pierden su importancia en la organización de la investigación, el “territorio” de las ciencias sociales va necesariamente a ampliarse y a diversificarse.

Al mismo tiempo, la investigación deberá hacerse más especializada, más localizada, en particular a causa de las dificultades prácticas ya mencionadas. Un desafío adicional aparece entonces con el riesgo de la dispersión de los objetos de investigaciones y de la multiplicación desordenada de dominios de investigación especializados 62.

Un peligro en este contexto es sustituir las viejas circunscripciones institucionales por nuevas divisiones, igualmente arbitrarias o peligrosas. La división en disciplinas no constituye, en efecto, la única forma de compartimentaciones absurdas: las separaciones estrictas según las áreas  culturales, los períodos históricos o las escuelas de pensamiento, por ejemplo, han producido resultados igualmente desastrosos sobre las prácticas investigativas.

  • El reto consiste en descubrir si la exigencia de una práctica más circunscrita puede permanecer en relación constante con el conjunto de la investigación social y acompañarse de la exigencia de definir más explícitamente los procedimientos de investigación a los que recurre 63;

Este artículo no muestra la solución definitiva a este problema, pero propone lo que podría denominarse como “especializaciones de conveniencia”, en niveles individuales y colectivos 64. Se trataría, en primer lugar, de defender la existencia de un espacio común.

En el ámbito de la enseñanza, eso permitiría formar a los estudiantes en ciencias sociales en una gama amplia de autores, metodologías, teorías hoy consideradas como propias de ciertas disciplinas (aclarando las contradicciones, tensiones y líneas de fracturas que dividen las ciencias sociales).

En el área de la investigación, eso permitiría ofrecer a los investigadores espacios compartidos para discutir sus resultados (revistas, seminarios, departamentos, etc. Asimismo, se trataría de reconocer la importancia de prácticas de investigación más especializadas. Chartier definía su espacio de trabajo de manera muy clara:

    “El mío se organiza en torno a tres polos, generalmente divididos por las tradiciones académicas: (1) el estudio crítico de los textos, ordinarios o literarios, canónicos u olvidados, descifrados en sus disposiciones y sus estrategias; (2) la historia de los libros y, más allá, de todos los objetos que llevan la comunicación del escrito; (3) el análisis de las prácticas que, diversamente, se agarran de los bienes simbólicos, produciendo así usos y significados diferenciados” 66.

En esta lógica, Chartier criticaba duramente la idea de un trabajo interdisciplinario (puesto que, como lo vimos, este último supone siempre una identidad estable y distinta de disciplinas que hacen alianza), insistiendo más bien sobre la necesidad de un “reparto inédito de objeto, [. ] implicando la unidad del cuestionario y del planteamiento, independientemente del origen disciplinario de los investigadores implicados” 67. En efecto, la necesaria especialización en dominios precisamente circunscritos no debe hacer  olvidar que toda segmentación es totalmente pragmática y heurística.

Desde un punto de vista colectivo, a través de grupos de trabajo especializados, centrados en un enfoque y un cuestionario específico, independientemente de las limitaciones disciplinarias 65. Desde una dimensión individual, a través de la elaboración de lo que Roger Chartier llamaba un “espacio de trabajo específico”, mediante el cual el investigador precisa su objeto y limita sus ambiciones.

El peligro de una rigidez o de una reificación es muy real para los investigadores, que deben esforzarse por permanecer en relación constante con el conjunto de la investigación social. En este sentido, la ambición de este trabajo es mantener en los investigadores en ciencias sociales una especie de “mala conciencia”, un sentimiento de desconcierto frente a su propia concepción, práctica del oficio.

¿Cuál es el objeto de estudio de los historiadores?

Cyber Humanitatis N48 (Primavera 2008) El historiador y la experiencia de la temporalidad en la produccin historiogrfica Karrizzia Allegrette Moraga Rodrguez Estudiante IV ao. Licenciatura en Historia. Universidad de Chile. ¿Cómo trabajan los historiadores? ¿Cuáles son las prácticas o metodologías que permiten al historiador ‘escribir la historia’? ¿Existen técnicas u ‘operaciones’ que son propias del trabajo de los  historiadores? ¿Cuál es la relación del historiador con la escritura? ¿Qué vínculo establece el historiador, entre la ‘escritura de la historia’ y la experiencia del tiempo? ¿Cuándo se puede hablar de pasado y cuándo de presente, para los historiadores?.

  • Éstas resultan ser sólo algunas de las interrogantes que permiten generar una importante, necesaria y –muchas veces- soslayada reflexión en torno a los métodos y prácticas utilizadas por los historiadores en el desarrollo de su oficio;

Es en el entendido de aportar a esta reflexión respecto de las prácticas del quehacer del historiador, que intentaré abordar la problemática acerca de: Cuál es la relación que establece el historiador con la noción de tiempo o temporalidad, esencial para el desarrollo de la producción historiográfica.

Así como, problematizar el despliegue de dicha relación en la construcción del relato historiográfico y sus implicancias. La experiencia de la temporalidad es constitutiva a la vida de los seres humanos.

Es inevitable que el paso de los años, meses, días, horas (llegando hasta los grados de medición más infinitesimales establecidos por los seres humanos) nos envuelva e –incluso a algunos- atemorice. Lo anterior, hasta el punto de que muchos, luchen por evitarlos a través de la intervención en lo corporal (‘operaciones rejuvenecedoras’), respondiendo en este sentido, sólo a la percepción física que se tiene del paso del tiempo.

Luchando contra los vestigios que el transcurso de los años va estampando en nuestras propias corporalidades. Pero también encontramos la experiencia social y cultural del paso del tiempo, es en este contexto de vivencia y percepción donde se inserta la producción historiográfica, y la labor tan querida por el historiador.

Lo anterior, pues el estudio de las sociedades y culturas implica dimensionar a las mismas de modo espacial y temporal. Estas son las principales coordenadas que caracterizan ‘los guiones’ del historiador, que le permiten reconstruir lo que sucedió en el tiempo pasado.

Lo que ya fue, de lo que podemos tener recuerdos o conocimiento por la transmisión oral o escrita, pero que ya es ausencia. A pesar de que como ya hemos hecho mención, los vestigios y huellas quedan de modo material, o través de las prácticas, costumbres y representaciones culturales que se manifiestan en una sociedad.

Entonces podemos preguntarnos, ¿Cómo se aproxima a la noción del tiempo el historiador en la práctica historiográfica?, ¿Cómo se manifiesta dicha aproximación en la producción historiográfica?, ¿Cuáles han sido algunas de las perspectivas que han guiado el trabajo de los historiadores respecto de su relación con la dimensión temporal?, ¿Qué deberíamos entender por el ‘tiempo histórico’?, ¿El tiempo del relato histórico da cuenta de la  noción de tiempo experimentada por los sujetos en sociedad, o en realidad, nos remite a la elaboración del ‘tiempo histórico’ efectuada por el propio historiador?, ¿De qué manera influye en la construcción historiográfica del historiador (representación del pasado) el contexto temporal que le toca vivir, considerándolo como un intelectual situado?, ¿Cuáles son las convenciones o motivaciones que determinan en la práctica del historiador, la elección de determinado marco o espectro temporal para la realización de sus investigaciones?.

  1. Estas serán algunas de las interrogantes que guiarán mi reflexión en torno a lo que sitúa al historiador, y a su producción historiográfica respecto de la dimensión del tiempo;
  2. Los historiadores reconocen en el pasado a un referente histórico, el cual corresponde esencialmente al tiempo que apartamos del presente que experimentamos;

Del pasado nos quedan las huellas y vestigios materiales (edificaciones, esculturas, obras literarias, entre otras) que los historiadores hacen suyas, por medio de la denominación y taxonomía fontal. También la memoria entra a jugar un rol importante en la experiencia y trabajo con la dimensión temporal del pasado, rescatándose las tradiciones orales, y la rememoración de los que aún viven entre nosotros.

  1. En este sentido se entra a debatir entorno a lo que puede ser considerado objeto de estudio histórico, si el pasado del que nos distanciamos bastante en el tiempo, o también del considerado pasado reciente;

Es así como las trazas y vestigios de nuestro referente –el pasado- hallados por el historiador, le permiten al mismo, por medio de una serie de prácticas legitimadas en el gremio, aspirar a reconstruirlo. El historiador no se solaza solamente con el hallazgo, sino que también por medio de la elección, organización e interpretación de los que pasarán a dar vida a su relato histórico.

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Sí, porque el producto del trabajo del historiador se traduce en un relato; lo que obliga y conduce a los historiadores a utilizar –con resguardos (aunque sean de modo inconsciente), intencionalidades, y no inocentemente también- el lenguaje.

El lenguaje como principal medio que los seres humanos tenemos para dar sentido o significar la realidad. Es ese medio, el que a final de cuentas, se vuelve también esencial en el obrar del historiador. La producción historiográfica pasa a ser la mediación lingüística entre lo que se ha seleccionado del pasado y el desarrollo epistemológico-explicativo de ese referente.

  • Y será la selección en el tiempo pasado y su reconstrucción en el relato histórico, lo que pondrá de manifiesto la “operación histórica” –en el decir de De Certau- por parte del historiador, es decir, “enfocar la historia como una operación, será intentar, de un modo necesariamente limitado, comprenderla como la relación entre un lugar (un reclutamiento, un medio ambiente, un oficio, etc;

), y unos procedimientos de análisis (una disciplina). ” [1] Michel De Certau argumenta que el asumir este enfoque respecto del oficio del historiador, conlleva el admitir que el historiador forma parte de la realidad que estudia, ” y que esta realidad puede captarse “en cuanto actividad humana”, “en cuanto práctica”.

  • ) la operación histórica se refiere a la combinación de un espacio social y de prácticas “científicas”;
  • ” [2] En el reconocimiento de estas prácticas, así como en el de nuestro referente, es que la componente esencial de lo que llamamos corrientemente historia, no corresponde a ‘la historia’, sino que a la realidad de lo vivido por mujeres y hombres en las diversas sociedades y culturas, a lo largo del tiempo;

En específico, los historiadores radicarán su interés en aquellas sociedades e individuos que contemplamos y determinamos como del tiempo pasado. El historiador intentará por medio del relato histórico, realizar una representación del pasado. Circunscrito también al ámbito de las ‘operaciones históricas’ o prácticas historiográficas, es que hallamos diferentes concepciones en el mismo gremio de los historiadores, respecto de cómo aproximarnos a lo pasado.

Acordando en definitiva, que es posible de considerar como historiable y que manifestaciones o procesos sociales, aún no poseen dicho estatus. Dentro de los paradigmas o enfoques que han imperado en la esfera del trabajo del historiador, encontramos el que plantea la necesidad de lejanía temporal del historiador respecto de lo que ha de historiar.

Posibilitando la comprensión plenamente desapasionada y objetiva de su objeto de estudio. Según este enfoque objetivo o denominado científico, el historiador debe establecer una vinculación respecto de su referente de estudio (el pasado) distante, que le permita mantener una perspectiva en el análisis, trayendo consigo la tan elogiada por algunos ‘historia verdadera’, es decir, ‘lo que realmente aconteció’.

En la práctica, el historiador no puede en pos de conseguir objetividad y perspectiva (léase distancia) para la comprensión del pasado, negar su estatuto e inscripción como ser humano, y sujeto social situado en el presente.

Es desde el presente como sujetos sociales, afectos a las problemáticas, cuestionamientos y responsabilidades que condicionan y afectan nuestro habitar en sociedad, que se nos plantea como una tentativa imposible, abstraernos de la experiencia del tiempo presente.

Al respecto el historiador mexicano, Carlos Pereyra, nos dirá que “se vuelve cada vez más insostenible la pretensión de desvincular la historia en la que se  participa y se toma posición de la historia que se investiga y se escribe” [3].

Y el mismo, citando a un importante historiador inglés, E. Carr, nos remitirá a saber que “la función del historiador no es ni amar el pasado ni emanciparse de él, sino dominarlo y comprenderlo, como clave para la comprensión del presente” [4]. Respecto de este paradigma, muchos denuncian que la legitimidad teórica de la obra historiográfica puede verse comprometida, mermada y supeditada a la funcionalidad o ‘utilidad que se puede obtener de la historia’.

[5] Este aspecto de la funcionalidad social de la historia, se hace claramente patente e inclusive legítima (por los gobiernos en muchas ocasiones) en lo que conocemos como ‘historias nacionales o patrias’.

Esto pues, los historiadores de las ‘gestas’ de la independencia americana, tal como postula Germán Colmenares, escribieron a los pocos años de finalizadas las guerras de emancipación. Inclusive, siendo algunos, partícipes indirectos o contemporáneos de estos procesos políticos-bélicos:.

  1. “Los historiadores del siglo XIX estaban situados en una posición hasta cierto punto privilegiada;
  2. Muchos habían presenciado o se sentían herederos inmediatos de una revolución que parecía ponerlos en posesión de la historia, de sus mecanismos de cambio político y social,;

” [6] En esta línea, los historiadores hispanoamericanos del siglo XIX, demostraban su predilección por determinados temas, en este caso, los procesos de independencias americanas, y se situaban en el específico tiempo en que ellas se habían realizado.

  • Como historiadores ponían en práctica las operaciones historiográficas, los procedimientos y elecciones que le permitieron construir las narraciones y relatos históricos de lo que hoy conocemos como nuestras historias nacionales;

Pudiendo preguntarnos, ¿Por qué esa elección?, ¿Por qué dichos historiadores prefirieron situarse como historiadores de un referente-pasado tan reciente para los mismos? ¿Qué representaciones de dicha realidad buscaron construir?. Al respecto Colmenares nos guiará, en el sentido de que los ‘historiadores de lo patrio’ se sintieron “como dueños de los orígenes mismos de la historia (.

  1. ) era familiar en la medida que pudiera penetrarse en sus secretos, que aparecían como arcanos del poder, o en las intenciones de los actores”;
  2. [7] Los historiadores del siglo XIX hispanoamericano, sentían que su labor de historiador y por ende de ‘escribir la verdad de lo que sucedió’, según los parámetros y convenciones de la época, sólo podía verse concretada en tanto, ellos mismos fueran partícipes de esa historia que se aprontaban a escribir, “con la conciencia de que se estaba actuando en la historia”;

[8] De hecho, y remitiéndonos a la ‘funcionalidad histórica’, será por medio de dichas construcciones historiográficas, que los sujetos de las elites hispanoamericanas, se posicionarán como los ‘verdaderos sujetos históricos’, los ‘hacedores de la historia’.

  • Serán los únicos que tendrán los valores, virtudes y el carácter para gobernar, y dirimir acerca de los destinos de nuestras naciones;
  • Algunos historiadores inclusive, hablarán de las historias escritas por los vencedores (los héroes, las elites) y la ‘historia  de los vencidos’ [9] (indígenas, los afrodescendientes, los esclavos, los sujetos populares), es decir, la historia no escrita (lo que se ha intentado subsanar durante las últimas décadas), subterránea, que recorre tal como la sangre, ‘las venas más profundas de nuestras naciones’;

Teniendo en consideración lo expuesto hasta el momento, es posible darnos cuenta que la noción de tiempo, y la vinculación y elección del mismo por parte del historiador, resultan ser importantes problemáticas que enfrentar y resolver a la hora de desempeñar su oficio.

No sólo por las circunstancias y diversas maniobras investigativas que éste debe desarrollar, para hallar los vestigios materiales o intangibles de los sujetos y sociedades del pasado, que le permitan reconstruir su historia;  sino que además, la problemática del tiempo, se torna en sumo, de interés al momento de la fabricación o elaboración de los relatos historiográficos.

Es inevitable el hecho de que el historiador escriba desde el tiempo en que se encuentra situado, por ende, él mismo, llegue a encarnar como ser humano (por ende, temporal) y sujeto social, la experiencia de la temporalidad. Experiencia que puede remitirnos a la construcción del tiempo como: pasado-presente y futuro, que para occidente se constituye en una línea de tiempo que transcurre siempre mirando hacia el progreso, o tal vez, teniendo la concepción de la experiencia temporal que nos remite eternamente a los orígenes, de modo cíclico.

  1. Contemplando como las principales fases de la vida de los seres humanos se ven determinadas por el ‘tiempo de lo profano y lo sagrado’;
  2. Así como otras tantas concepciones temporales e históricas –aún ignoradas o desestimadas-;

Y tal vez, porque no decir, cosmovisiones y concepciones a-históricas; es decir, aquellos pueblos que no conciben lo histórico, o la necesidad de ello, según las prácticas y concepciones que se tienen en el ‘Occidente’. Ahora bien, no podemos obviar que junto a la vivencia y experiencia del tiempo, encontramos en las propias prácticas u operaciones que efectúa el historiador para construir el relato histórico, lo que involucra a la figuración del tiempo.

  1. Pues la dimensión temporal para el historiador pasa también a constituir, materia de construcción;
  2. Colmenares nos plantea que la figuración del tiempo en la narrativa es convencional, acortándose o expandiéndose según las necesidades dramáticas o de intensidad de la acción en el relato histórico;

[10] En ello es que reconocemos, que la temporalidad pasa a formar parte del material mismo de producción historiográfica. El historiador no concibe el relato histórico, con todo lo que ello implica respecto del trabajo investigativo, explicativo y hermenéutico, encontrando al ‘tiempo pasado’ como ya existente por sí mismo, como ‘el pasado’ allí.

Si no más bien, ese tiempo pasado yacerá en elaboración. Es así como en el relato histórico, un día o fecha ‘x’ pueden alcanzar una dimensión voluminosa de páginas, así también como, varios años pueden ser condensados en sólo una de ellas.

Paul Ricoeur en tanto nos remite a la problemática de la ‘intencionalidad histórica’, apuntando al estatuto epistemológico del tiempo histórico con relación a la temporalidad de la narración. Para éste, “el tiempo construido por el historiador se construye –en el segundo, en el tercero, en el enésimo  plano- sobre la temporalidad construida (.

  1. )”;
  2. [11] La temporalidad del relato histórico, para Ricoeur, nos transporta epistemológicamente, a la concepción de que el tiempo que inclusive creemos todos vivir al unísono, -como uno sólo y mismo-, es resultado de una ‘elaboración de vivencia’, de los propios individuos;

Mas para el historiador –en la perspectiva de Ricoeur-, se revelará el dilema, de reconocer en el tejido que constituye el relato histórico, no sólo su constitución explicativa, sino que narrativa, y temporal. Es así como, en su análisis hace patente que en la construcción del relato histórico, -que se inscribe tradicionalmente como eminentemente explicativo- entran a jugar las configuraciones narrativas, lo que nos conduce y posibilita a  cuestionarnos de como es posible caer en confundir la coherencia narrativa del relato, con la conectividad explicativa de la misma.

En palabras del mismo autor, “sigo pensando que lo narrativo no está confinado al ámbito de lo acontecido sino que es coextensivo a todos los niveles de explicación y a todos los juegos de escalas. Es más, si bien los códigos narrativos no sustituyen a los modos explicativos, le agregan la nota de legibilidad y visibilidad ya mencionada”.

[12] Es con relación a la construcción narrativa de lo histórico, y por lo tanto, también de lo temporal, en que el mismo Ricoeur  reconoce a su vez, una ‘aporía’ que surge de la distancia irreversible, existente entre la percepción íntima o existencial del tiempo, y la concepción del tiempo objetivo o físico.

  • [13] La construcción del ‘tiempo histórico’ de la narración entraría a resolver, a inscribirse como una suerte de mediación entre la experiencia fenomenológica y la experiencia física del tiempo;
  • Parafraseando a Ricoeur, Colmenares nos dirá que se “constituye una solución poética de la aporía”;

[14] Solución que para ambos autores ya mencionados, se revelará en una construcción que empleará ‘tres herramientas’, a saber: el ‘calendario’, la ‘perspectiva de las generaciones’ y las ‘trazas del pasado. ‘ [15] Colmenares anota que el uso del calendario implicará que “a partir de un tiempo axial puede ordenarse una cronología hacia atrás o hacia adelante”.

Así también, respecto de “la perspectiva de las generaciones, en la que se combina la experiencia de predecesores, contemporáneos y sucesores. A la propia experiencia histórica se puede adicionar la de los supervivientes de una generación anterior, ampliando así el ámbito temporal perceptible de una manera más o menos directa.

y finalmente, los vestigios o trazas del pasado, “sus testimonios, en los cuales lo que pasó está de alguna manera presente en un fragmento material, en una supervivencia. Tales trazas o fragmentos son las fuentes del historiador. ” [16] Dichas herramientas resultan ser básicas, por no decir esenciales, al momento de poder pronunciarnos en relación con lo que constituye el material para la construcción temporal que efectúan los historiadores, aunque muchos no se den tiempo para reflexionar sobre ello.

  1. Además de no olvidar, que junto a la toma de conciencia respecto de dicha construcción temporal, encontramos la propia construcción narrativa; la que sin lugar a dudas, nos remite, a una serie de convenciones, tropos y figuras narrativas, que permiten al historiador la ‘representación del pasado’ en el relato histórico;

Lo que nos resta, ‘a estas alturas del partido’, es tratar de responder acerca del historiador mismo, y su relación experiencial del tiempo. Es de suma importancia dicha problematización, debido a que determina en gran medida, la elección que los historiadores harán de determinados marcos temporales para sus estudios, así como de determinadas fabricaciones en torno a la temporalidad en los relatos historiográficos.

Los historiadores no pueden enajenarse del carácter temporal que les constituye por su naturaleza humana. No son dioses, a pesar de que, las figuras y ‘efectos de realidad’, utilizados en ocasiones, les posicionen en la construcción historiográfica, como si lo fueran.

Apareciéndose como sujetos omniscientes, que saben todos los pormenores de lo acontecido, inclusive de lo que cavilaban o no los actores del relato histórico. La experiencia del historiador en el presente resulta ser decidora. Esto pues como historiador situado, -consciente de las prácticas del oficio, y al tanto de lo que acontece en el hoy-, encuentra estímulos que le conducen de alguna u otra manera, hacia determinadas áreas y temáticas de interés socio-histórico.

  1. Lo afirmado se esgrime por algunos representantes del gremio, como cercano a las prácticas apologéticas e ideológicas de la historia;
  2. Esto pues serán, determinadas valoraciones, experiencias políticas, ideológicas, sociales y culturales, entre otras, las que guiarán el interés del historiador en estudiar tal o cual proceso histórico;

Significando de tal o cual forma lo investigado, en su relato. En este aspecto, obviamente nos remitimos a la funcionalidad de la historia, la que no puede ser soslayada, pero que tal como plantea Carlos Pereyra, no debe porque imponerse degradando la legitimidad teórica de la historia.

En palabras de Pereyra, “un aspecto decisivo del oficio del historiador consiste, precisamente, en vigilar que la preocupación por la utilidad (político-ideológica) del discurso histórico no resulte en detrimento de su legitimidad (teórica)” [17].

El historiador en el presente, se formula las preguntas e interrogantes que lo conducirán a los archivos, a los testigos, a los artefactos o iconografías, entre otros tantos materiales o fuentes, que le permitirán hacerse una idea del pasado, así como lograr representarlo.

  1. Es por eso que el hoy, que pronto pasa a constituir ayer, no puede ser menospreciado respecto de la labor del historiador;
  2. Será sólo a la luz del presente, teniendo una perspectiva respecto del mismo, que el historiador hallará sentido del porqué realizar determinada investigación histórica respecto del pasado;

Tal vez siendo majadera, es necesario reiterar, que es en el presente, y tomando en consideración la propia experiencia -cultural, social, económica, etc. -, del historiador,  que surgen las interrogantes, las preguntas acerca de lo que fue y lo que no ocurrió –motores esenciales- para el despliegue de la investigación histórica.

Hasta aquí nuestras reflexiones y lecturas. La experiencia del tiempo resulta esencial e inherente a todos los seres humanos. Nuestra ‘batalla contra el tiempo’, -como suelen decir algunos- se da en nuestro quehacer, desde los aspectos más cotidianos de nuestras vidas, hasta por las más grandes problemáticas que enfrentamos como humanidad, y que aún no logramos resolver.

Pues bien, el historiador, como un intelectual situado,  profesional de la disciplina histórica, decide entrar en lo que denominaré ‘diálogo con la historia’, o más bien, ‘con el pasado’. Será insoslayable, en el desempeño del historiador, en su constante cuestionar y explorar, el viajar desde el presente al pasado, y volver nuevamente desde el pasado al presente.

La experiencia del tiempo, constituirá el pasaporte que permitirá al historiador entrar en contacto con los ya ‘ausentes’, y poder volver a la actualidad, para contarle a los ‘presentes’, a sus coetáneos, y a los que vendrán, el fruto de sus investigaciones en el campo de lo histórico.

Bibliografía.

  1. De Certau, Michel, “La Operación histórica”, en Hacer la Historia,        Jacques Le Goff (editor), Editorial Lacia, Barcelona: 1985.
  2. Colmenares, Germán, Las Convenciones contra la cultura. Ensayos  sobre la historiografía del siglo XIX, Centro de Investigaciones Barros Arana, Santiago de Chile: 2006.
  3. Monsiváis, Carlos, “La pasión de la Historia”, en Historia ¿Para Qué?, Siglo Veintiuno editores, México: 1998.
  4. Pereyra, Carlos, “Historia, ¿Para qué?” , en Historia ¿Para Qué?, Siglo Veintiuno editores, México: 1998.
  5. Ricoeur, Paul, “La intencionalidad histórica”, en Tiempo y Narración, Tomo I, Editorial Siglo Veintiuno, México: 2003.
  6. . , “Historia y memoria. La escritura de la historia y la representación del pasado”, en http://etica. uahurtado. cl/historizarelpasadovivo/es_contenido. php. Copyright 2007, Anne Pérotin-Dumon, consultado 24/05/2008.

Notas [1] Michel de Certau, “La operación histórica”, en ‘Hacer la Historia’. Jacques Le Goff (editor) Editorial Lacia, Barcelona: 1985. 16. [2] Ibíd. 16. [3] Carlos Pereyra, “Historia, ¿Para qué?”, en “Historia ¿Para Qué?” Siglo Veintiuno Editores, México:1998. 16. [4] Ibíd. 16. [5] Carlos Pereyra, Ibíd. pp. 11-15. [6] Germán Colmenares, Las Convenciones contra la cultura.

  • Ensayos sobre la historiografía del siglo XIX;
  • Centro de Investigaciones Barros Arana;
  • Santiago, Chile: 2006;
  • 17 [7] Colmenares, Ibíd;
  • 18;
  • [8] Colmenares, Ibíd;
  • 18;
  • [9] Carlos Monsiváis nos iluminará con sus planteamientos en relación con ‘la visión de los vencidos en la versión de los vencedores’, plegándose a Colmenares, respecto de que en el siglo XIX la tendencia fue identificar Historia con épica, y “sentimiento histórico con el caudal de reacciones que desatan los enfrentamientos, los mártires, la construcción y el crecimiento de las ciudades, las grandes traiciones y los grandes sacrificios, las batallas y las conspiraciones, las sublevaciones y las matanzas” (p;

176) Planteándonos que para la historia de México, los ‘hombres del pueblo’, los que acompañaron a Pancho Villa confiaron y ‘actuaron su fe en la Historia como el futuro que desde ese momento los entiende y alaba’; muriendo y sacrificando sus vidas en la confianza que dichos episodios aislados en los que participaban se tornarían en entidad histórica redentora del pueblo mexicano.

Así los que quedaban en el camino, los vencidos serían marginados o no invitados a lo que pasaría a constituir ‘la Historia de México’, en palabras del autor: “Para el caso no importó demasiado la supresión oficial del proceso de los derrotados ni que entre los vencidos cundiera el pesimismo ante un pueblo irredento (.

) No importó demasiado esta objetividad del vencedor y esta sacralizada subjetividad del vencido, porque comúnmente se siguió concibiendo a la Historia como el instante de excepción, la luminosa y sangrienta marcha de la Independencia, la Reforma o la Revolución.

” p. 177. “La Pasión de la Historia”, en Historia Para Qué. Siglo Veintiuno Editores, 1998. [10] Colmenares, Ibíd. 59. [11] Paul Ricoeur,  “La intencionalidad histórica” en Tiempo y Narración. Tomo I. Editorial Siglo Veintiuno, México, 2003, p.

229. [13] Colmenares, Ibíd. 59. [14] Ibíd. 59. [15] Ibíd. 59. [16] Ibíd. 59. [17] Pereyra, Ibíd. 31. Revista de la Facultad de Filosofía y Humanidades, Universidad de Chile ISSN 0717-2869

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¿Qué dimensiones interpreta la Escuela de los Annales?

Identifcas las escuelas de interpretación histórica Aprende más Escuela de los Annales Esta corriente historiográfca surgió en ²rancia hacia 1929, se le llamó así por la revista francesa de nombre: Annales de historia económica y social. La Escuela de los Annales marca un nuevo rumbo en el estudio de la historia, proponiendo construirla desde el planteamiento de problemas o preguntas a resolver.

Sus principales exponentes son Marc Bloch y Lucien Febvre, quienes a través de su revista, criticaron los fundamentos del positivismo y promovieron la idea de explicar el pasado de los pueblos tomando en cuenta todas sus dimensiones: geográfca, social, cultural, económica y psicológica.

Marc Bloch y Lucien Febvre, consideran que el historiador, al escribir sobre el pasado, no lo reproducen felmente, sino que lo interpretan, partiendo de sus propios conceptos y subjetividad. De esta manera, la Escuela de los Annales propone que la historia no es el relato de hechos aislados, ni se interesa por acontecimientos de individuos como protagonistas, sino que la explica a partir de los grandes fenómenos colectivos y los procesos que afectan a grupos sociales.

  • El objeto de conocimiento no es el individuo sino la sociedad;
  • Desde esta perspectiva, la ciencia de la Historia debe recurrir al conocimiento desarrollado por otras ciencias, como Economía, Geografía, Sociología, Psicología, Demografía, Ciencia Política y Estadística;

La Escuela de los Annales abrió el camino de distintas metodologías y enfoques dentro del campo de la historia. Sabías que. La obra de Luis González y González (1925-2003), se ha convertido en una reFe – rencia indispensable para quienes se interesan en la historia.

  1. Sus aportaciones a la historia de México, su larga trayectoria como profesor e investigador y la popularidad de sus artículos y conferencias lo hacen uno de los historiadores mexicanos más im- portantes de este siglo;

Fue uno de los discípulos más destacados de Daniel Cosío Villegas, seguidor de Fernando Braudel de la escuela de los Annales, y formador de muchas generaciones de historiadores mexicanos en la segunda mitad del siglo XX. 51 isIE = true; var divCount = 38; for (var i = 1; i.